Esta mañana leyendo un artículo de la Gaceta Universitaria comentaba con unos compañeros como en los medios de comunicación es pan de cada día el que en las noticias relacionadas con tecnología se den datos falsos, que se cometan errores y malinterpretaciones y que halla un cierto grado de desconocimiento y desinformación general.
En la noticia en cuestión, que también publicaron otros medios como La Razón o Terra Chile, entre otros, se hablaba de un supuesto hacker, que se había dedicado a lucrarse vendiendo productos, que no existían, en Internet. Este individuo, no contento con timar a los pobres incautos, utilizaba la conexión de Internet de su vecina, que como todo buen dummy usuario con Wireless, había dejado totalmente desprotegida.
Retrocedamos en la historia para ver por qué esta gente llama hacker a este señor. Probablemente en los tiempos en los que los teléfonos móviles eran exclusividad de los yuppies, existió un jefe de redacción de un periódico, de la especie que mas tarde evolucionaría en un dummy usuario – jefe de redacción de periódico. Probablemente existiría también un becario, de la especie que mas tarde se convertiría en lo que hoy en día llamamos un “empleado con grandes expectativas de desarrollo; y vete a hacerme unas fotocopias. Y de paso traeme un café”. Probablemente también, en cierto momento, en un día cualquiera, se dieron las siguientes circunstancias:
- No hacía falta ninguna fotocopia
- Nadie quería café (ni donuts)
- Faltaba una columna por rellenar para la edición dominical
- Monica Lewinsky aún no era famosa
Entonces, ocurrió que el jefe de redacción – dummy usuario, encargó un artículo al becario sobre esa gente de los ordenadores, que visten de negro, comen hamburguesas o donuts y nunca salen de su cuarto.
Dado que el becario, y por ende, todos los periodistas metidos a escribir sobre tecnología desde entonces, nunca habían oído hablar de las conocidisimas máximas del periodismo: “contrasta fuentes” o “pregunta a un experto antes de enviar el artículo a la redacción y cagarla, ¡patán!”, esto ha provocado que ahora exista una definición bastante peculiar de la palabra hacker en los medios, lo que me gusta llamar “media hackers”, según esa tendencia de los informáticos a crear nuevos términos sin necesidad por el simple hecho de que suena bien.
Un hacker, según The Jargon File, es “una persona que disfruta explorando los detalles de los sistemas programables y como aumentar sus capacidades, de forma opuesta a la mayoría de los usuarios, que prefieren aprender lo mínimo necesario”, o bien, “una persona que disfruta entendiendo el funcionamiento interno de un sistema, de los computadores y de las redes de computadores en particular” (lectura recomendable: Cómo convertirse en hacker, de Eric S. Raymond).
Sin embargo, la definición que solemos ver en los medios (de ahí “media hacker”), tiende a presentarnos a los hackers como los chicos malos, criminales cuyo fin último es el de destruir el mundo, independientemente de si la persona en cuestión sea un simple script-kiddie o un experto en seguridad. Es decir, la definición de hacker en los medios se ajusta, o mas bien se ajustaba, a la definición de cracker o black hat hacker. Se ajustaba, porque la palabra hacker está convirtiéndose poco a poco y debido al mal uso, en un término para designar a una persona que cometa cualquier tipo de delito informático, ya sea robar datos de la red del Pentágono, o copiar el último CD de Chenoa.
Lo mínimo que cabe esperar es que un periodista se documente antes de escribir una historia, y en el caso de que sea necesario, que consulte a un experto, aunque tenga que pagarle la redacción del periódico; porque si es alarmante la cantidad de imprecisiones y errores en las noticias de tecnología, es aún mas alarmante pensar cuantas de las noticias que escriben sobre otros campos estarán también equivocadas.